Retos de los jóvenes con menos oportunidades
Una encuesta transversal mundial dirigida por Varma et al. (2021) sobre el tema de la salud mental durante la pandemia de COVID – 19 corrobora informes anteriores según los cuales los adultos jóvenes corren un mayor riesgo de padecer una salud mental deficiente como consecuencia de la pandemia. Siendo así, factores como la soledad y la angustia financiera están afectando a los individuos más jóvenes más que a otros. Las desigualdades económicas y la angustia asociada pueden aumentar el riesgo de sufrimiento psicológico y también impedir que las personas busquen la atención adecuada.
Los resultados de los estudios muestran tasas más elevadas de estrés, ansiedad, depresión y sueño deficiente por parte de los encuestados en el estudio. El 20% de los parricipantes declararon una angustia significativa relacionada con su situación económica, que se asoció tanto con la angustia psicológica como con un sueño deficiente.
Factores como la mala calidad del sueño, la soledad, la resiliencia y la edad aparecieron como mediadores de la relación entre el estrés y la salud mental, lo que los convierte en posibles ámbitos de intervención.
Los grupos de edad más jóvenes se mostraron más vulnerables y declararon más estrés, ansiedad y depresión que los grupos de mediana y avanzada edad.
Además, los jóvenes con enfermedades mentales preexistentes o trastornos por abuso de sustancias, las personas de bajos ingresos y/o pertenecientes a minorías étnicas, las personas que se identifican como LGBTQI+ o de género diverso y los jóvenes cuidadores corren un riesgo especialmente elevado (OCDE, 2021).
Además, los jóvenes de grupos étnicos minoritarios tienen muchas más probabilidades de manifestar síntomas de ansiedad y depresión y pensamientos suicidas (Eurofound, 2021).
Cuando se trata de la adolescencia, es importante reconocer que es un periodo de importante sensibilidad evolutiva para el bienestar mental del individuo. Es un periodo crucial para desarrollar las habilidades sociales y emocionales, los hábitos y las estrategias de afrontamiento que posibilitan la salud mental, incluidos unos patrones de sueño saludables, el ejercicio regular, la resolución de problemas y las habilidades interpersonales.
Muchos comportamientos de riesgo, como el consumo de sustancias, se inician durante la adolescencia y pueden ser especialmente perjudiciales para la salud mental (OMS,2022b).
Además, los adolescentes y jóvenes que residen en condiciones desfavorecidas pueden tener una menor exposición a interacciones sociales positivas y una mayor exposición a la delincuencia, el abuso de sustancias, las enfermedades y las lesiones. Además, si tienen conductas delictivas o abusan de sustancias, es más probable que se enfrenten a factores de riesgo de mala salud mental (Eurofound, 2021).
A lo anterior se suma la afirmación de la Organización Mundial de la Salud (2012) según la cual las personas que se enfrentan a un mayor grado de exposición a circunstancias desfavorables son más propensas a desarrollar trastornos mentales. Por eso es importante reconocer el impacto de las situaciones difíciles o adversas en la salud mental y trabajar para crear entornos de apoyo y un acceso equitativo a los recursos y la atención.